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Cartas de amor de hombres ilustres

cartas de amor de hombres ilustres
Cartas de amor de hombres ilustres
El poeta portugués Fernando Pessoa dice que todas las cartas de amor son ridículas, porque no serían cartas de amor si no lo fueran. Pero el poeta también piensa que los verdaderamente ridículos son aquellos que nunca escribieron una carta de amor. Un poema, unas líneas, una afirmación sincera que nos desnuda y nos muestra su interior. Cartas cargadas de sinceridad, pero también de mentiras o medias verdades. Las cartas de amor han sido una manifestación de sentimientos desde tiempos inmemoriales.

Frida y Diego

“Nada comparable a tus manos ni nada igual al oro-verde de tus ojos. Mi cuerpo se llena de ti por días y días. Eres el espejo de la noche. La luz violeta del relámpago. La humedad de la tierra. El hueco de tus axilas es mi refugio. Toda mi alegría es sentir brotar la vida de tu fuente-flor que la mía guarda para llenar todos los caminos de mis nervios que son los tuyos.

Mi Diego: espejo de la noche. Tus ojos espadas verdes dentro de mi carne, ondas entre nuestras manos. Todo tú en el espacio lleno de sonidos, en la sombra y en la luz. Tú te llamarás Auxocromo, el que capta el color. Yo, Cromoforo, la que da el color. Tú eres todas las combinaciones de números. La vida. Mi deseo es entender la línea, la forma, el movimiento. Tú llenas y yo recibo. Tu palabra recorre todo el espacio y llega a mis células que son mis astros y va a las tuyas que son mi luz”.

Jimi Hendrix a una joven desconocida

“Pequeña,

La felicidad está en ti, así que suelta las cadenas de tu corazón y déjate crecer como la dulce flor que eres… Sé la respuesta: Abre tus alas y se tú misma… Libre

Te querré siempre, Jimi Hendrix”.

Sigmund Freud a Martha Bernays

“No apetezco sino lo que tú ambicionas para ambos porque me doy cuenta de la insignificancia de otros deseos comparados con el hecho de que seas mía. Estoy adormilado y muy triste al pensar que tengo que conformarme con escribirte en vez de besar tus dulces labios”.

Napoleón a Josefina

“29 de diciembre  de 1795:

Despierto lleno de ti. Tu imagen y los placeres intoxicantes de anoche, no permiten que mis sentidos descansen. Dulce e incomparable Josefina, ¿de qué manera tan extraña trabajas en mi corazón?

¿Estás enojada conmigo? ¿Estás triste? ¿Estás decepcionada?

Mi alma está rota por el dolor y mi amor por ti me prohibe el reposo. ¿Pero cómo puedo descansar cuando me rindo a la sensación que comanda mi alma, cuando bebo de tus labios y de tu corazón cual llama ardiente? […] En tres horas la volveré a ver.

Hasta entonces, miles de besos, mi dulce amor, pero no me devuelvas ninguno pues provocan que mi sangre arda como el fuego”.


“He recibido todas tus cartas pero ninguna me ha causado tal impresión como la última. ¿Cómo, mi amada, puedes escribirme de ese modo?

¿No crees que mi posición es ya bastante cruel, sin agregar mis propios sufrimientos y rompiendo mi espíritu? ¡Qué estilo! ¡Qué sentimientos muestras! Son fuego y queman mi pobre corazón.

Mi josefina y única josefina, además de ti no hay alegría; lejos de ti, el mundo es un desierto y cuando estoy sólo y no puedo abrir mi corazón.

Te has llevado más que mi alma; eres el único pensamiento de mi vida.

Cuando estoy cansado del trabajo, cuando los hombres me desesperan, cuando estoy a punto de maldecir estar vivo, pongo mi mano en mi corazón; tu retrato cuelga de él, lo miro y el amor me trae la felicidad perfecta.

¿Con qué arte me cautivaste para concentrar todo mi ser en ti?

Vivir para Josefina, esa es la historia de mi vida”.

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